martes, 10 de agosto de 2010

EL HOMBRE FRAGMENTADO

ROBERTO ESTABA PREOCUPADO, hacia tiempo que parecía no vivir en aquella familia, sólo cuando todos salían, él bajaba las escaleras de madera que se estremecían ruidosamente y deambulaba por la casa, sentándose por breve tiempo en un sillón, tocando el piano, bebiendo un vaso de agua en la cocina.
Realmente tenía un problema, todo lo olvidaba, nada parecía interesarle, todo simulaba irse de delante de su mirada a otro lugar, todo, menos la materia de matemáticas que impartía en el Instituto, en la que, por una extraña asociación simbólica, los números se habían convertido en el medio natural por el cual, él conseguía verse insertado en el mundo.

Ángela, había caído del lado de la melancolía, el matrimonio es aquello que no se espera nunca que pase entre dos personas que se aman, la fidelidad también caduca, tenia que conseguir vivir la vida sin la mitad de su deseo, aceptar que Roberto de vez en cuando era imprevisible y era en el acto de reconciliación donde volvía a encontrar a aquel hombre sumamente tierno, desvalido y lleno de detalles del que se enamoró un día. Mientras, su imaginación, era un amplio paisaje de personajes sin rostro donde ella alcanzaba su fantasía.

Estaban vistiéndose para el concierto, no le gustaba la música clásica, pero era mas fácil acompañarle que las consecuencias de manifestar su gusto. Ella terminó de arreglarse y sin hacer mucho ruido, fue a sacar el coche del garaje.
Roberto, quedó en el dormitorio abotonándose la camisa azul, situado frente al espejo, anudando la corbata que caía a ambos lados de su cuello como los restos de una serpiente sumisa. De repente, el asombro, el descubrimiento, Roberto era solamente, aquellas manos cotidianas que organizaban los giros sobre la tela, la ausencia de todo lo que no fueran las manos le remitía a una búsqueda desconocida, empezada , sólo empezada.
Después fijó la vista en el rostro, imagen familiar, que bien podría ser la del personaje de su película favorita, reconocida y ajena, impermeable a sentimientos, y fuera de esa idea, un rostro sin cuerpo, que es lo mismo que pensar un personaje sin tiempo, un hombre sin lugar, un muñeco sin atributos.

Miró sus piernas, las de un hombre sin rostro, sin cuerpo, sin manos, un hombre de dos largas avenidas de ida y vuelta, un hombre de escalera de caracol a ninguna parte, un regreso interminable a los zapatos que hacían de él, el ser habitado donde bullían estos pensamientos. ¿Cómo iba a ser responsable de donde iban sus pies, o sus manos, cuando desaparecían de la vista? ¿Dónde se olvidaba todo cuando desaparecía de la mirada? Tomó el joyero de madera tallada de Ángela y desesperado, lo lanzó contra el espejo convirtiendo el suelo en un campo de soles diminutos que por todas partes reflejaban secciones mínimas de la casa, de su cuerpo, del mundo, figuras deformadas, repetidas, anguladas, picos obtusos en algún lugar de su muchedumbre, tal vez, esa parte desestructurada en la que nos movemos pensando qué es el azar. Veía la suma de su tiempo, todo lo que no había podido juntar, lo que había empezado y seguía sin fin, una insatisfacción indefinible.
Bajó la escaleras azorado, nervioso, desorientado. Ángela le esperaba de pie, junto a la puerta abierta del coche, con las llaves en la mano.
- Pero, ¿Porqué no me entiendes Ángela?. No escuchas nunca lo que te digo, no es así el mundo, comprendes o no quieres comprender, así no Ángela, así no. Sí, la culpa es del mundo, que se esconde de nosotros hasta que ya no podemos remediar sus formas.
Al instante, no era Roberto, sino esa mano que había rozado el límite del otro, la palma que picaba, y le recriminaba el sonido sordo e irrefrenable que su mirada apenas había visto y al momento, ya tampoco era el límite donde habían terminado dos personas, sino esa cara de mujer discretamente maquillada, ahora encendida, bajo la marca de una huella, una huella que según el, era de nadie.
- Nunca más, escúchame, decían aquellos labios en mueca de dolor y sangre.
Vio a Ángela durante el giro de un cuerpo que entraba en el coche, por un momento fue ella un olor a flores de plástico y llanto que ponían en marcha el motor y se alejaban a otro destino definitivo.
Así desapareció Ángela, un coche que se difuminaba por la calle, a veces entre las copas de los árboles, no había dolor, no había nada que retener . Roberto se convirtió en la parte aséptica de lo humano, es decir, la calle donde caía el sol, unas casas con jardín y bicicletas, y un espasmo que cruzaba la mente siempre de paso, sin jamás dejar atrás nada.
Volvió al dormitorio, se quito la chaqueta y la puso en el suelo, fue recogiendo los trozos de cristales y poniéndolos uno a uno, sobre el forro brillante de la chaqueta, sentía el frío cristal en esas manos, que no reconocían el tacto de la realidad, que se excusaban solas, en la incontinencia, como le habían enseñado, diciendo, que no sabían lo que hacían. Los recogió todos, tomó la chaqueta como si fuera un saco y bajo a la cocina, puso los cristales sobre un plato, alcanzó el cuchillo y el tenedor y se sentó a la mesa. Ahí estaba todo él, trozo a trozo, día a día, sentimiento a sufrimiento, sumando destrucciones, aquello que le gustaba, el deseo resbaladizo y todo el odio, la impotencia y la trasparencia de sus ojos asustados que se reflejaban en minúsculos cristales dispersos de su conciencia; no había prisa, se podía intentar en cualquier momento, pero algún día para verse, tendría que tragarse todo aquello, para reconstruirse tendría que corregir su historia, juntar uno a uno, todos sus pedazos.

Mañuela Cámara Peragón

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