jueves, 26 de febrero de 2009

Nada





LAMOUR REVE - Andre Gagnon


No importa, no es nada,
ni siquiera aire,
nunca nos dijimos nada
en ninguna parte,
cosas que se olvidan sin llegar a percibirlas,
sentimientos huérfanos sin cama, sin calle.

No importa, no es nada,
ni siquiera un destello que molesta,
ni brizna de hierba en el zapato,
quejas sordas que nunca llegaron a pronunciarse.

No importa, no es nada
el beso dado con el pensamiento
y el resto, todo lo intocable,
y una mota en el ojo, una excusa,
y no es nada recordar un nombre
o un lugar sin nombre
o para siempre nada.

JUAN CARLOS MESTRE: "La oscuridad habita los suburbios de la belleza".





La Casa Roja

Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja. Una casa donde los cardenales negros sacrifican papagayos a la voz del diluvio. El diluvio tiene las barbas blancas como el sauce de la jurisprudencia un domingo de bodas. Los predicadores aman la tempestad y golpean con sus Biblias de nácar la erección de los guardiamarinas. Las familias beben alcohol, se santiguan, recolectan insectos. El niño de la lámina se masturba plácidamente con la transparencia. La rosa de Jericó huele a vainilla. Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja. Una casa cuya ilusión está llena de peces, el pez de San Pedro, la conciencia del delfín encerrada en el aro de la bahía desierta. Lorenzo de Médicis tenía una casa roja, los maniquíes de Bizancio tenían una casa roja. Mi corazón es una casa roja con escamas de vidrio, mi corazón es la caseta de los bañistas cuya eternidad es breve como columna de lágrimas. El minotauro hace rodar sus ojos por el acantilado de las estrellas, la herida del anochecer hace su nido en la arena. Yo hablo con alas, yo hablo con lava de lo ardido y humo de diamante. La geometría bebe veneno, en el canto de los pájaros suena la armonía del baile de los muertos. En la casa roja hay una mesa blanca, en la mesa blanca hay una caja de plata con la nada del sábado. La intemperie gime contra los muros, la tristeza gime contra los mármoles. El profeta tuvo una casa de papiro a la orilla del lago, la muchacha del ghetto vivió en la casa de las preguntas. Mi mano izquierda luce un anillo de agua, en el camafeo de la supersticiosa brilla el mercurio de la temperatura. Lo que canto es lumbre, caballos lo que canto contra la aritmética y los números. Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja, una casa bajo el índice del cielo y el negro nenúfar de la amante devota. El muchacho con ojos de ebonita ama la enfermedad y el rubí de los reyes. Las mujeres hermosas sueñan con acuarelas, sueñan con garzas y volúmenes y súbitos prodigios sobre las alfombras de lana. Yo vivo extraviado entre dos rosas de sangre, la que tiñe la calamidad de impaciente belleza, la que tiñe la aurora con su astro eucarístico. Mi voluntad tiene la cólera del orfebre, mi capricho tiene el óxido de tu frente de hierro. Nadie cruza los bosques malignos, nadie sobre la yerba de la muerte escucha el desconsolado discurso de las ceremonias asiduas. Yo veo el arco iris, yo veo la patria de los músicos y el olivo de los evangelios. Mi casa es una casa roja bajo la fibra de un rayo, mi casa es la visión y la beldad de una isla. Aquí cabe la gala del mandarín y la escrupulosa usura de las edades antiguas- Esta casa mira al norte hacia las lagunas de los helechos, esta casa mira al sudeste azotada por el aliento de los que piden limosna.

JUAN CARLOS MESTRE: "LA POESIA ES UNA MANERA DE ESTAR EN EL MUNDO".






EL POETA

Para Rafael Pérez Estrada



Recorrimos los suburbios,
anduvimos juntos entre la maleza,
dormimos en los cobertizos.

El poeta barba de maíz roedor de los sembrados,
el poeta bobina de hilo de las cometas.
El que bajo los párpados de lino del verano
es la voz ronca del vendedor ambulante,
la mirada del viento que seca la tierra mojada.

Lo que el poeta dice,
lo que dice el poeta a la adivina,
al solitario de boina gris,
al que oye sus palabras como relato de un robo. .

El poeta vidrio de los cuatro colores de la atmósfera,
el poeta oscuro llave de las alacenas.
El que está sentado a la diestra del padre
junto al jugador de baraja que lee la fortuna,
el que le dice a la vida, oye vida,
y se acuesta con ella.

Lo que dice el poeta,
lo que el poeta dice
al que se cree dueño de algo,
propietario del reflejo de algo,
amo de la discordia de algo.

El que deambula de noche por los cercados,
el poeta amigo de las hormigas
que construye una casa de harina.
El que guarda en su artesa cuero de tambor
y pan nublado del sábado.

El poeta cera amarilla de las iglesias
que baila con el agua de las pecadoras,
el poeta barco de papel
que duerme con la muchacha sin labios.

Sus manos escriben el rótulo de las mercerías,
saludan en la iglesia al dueño del alambique.
El que se llama Niebla, Pelirrojo Crepúsculo,
el que no sabe a quién besarán ahora los ojos de Triste Boca de Nuez,
el que silba como el pájaro de las colinas,
el hijo del panadero que conversa con el martín pescador.

Lo que el poeta dice,
lo que dice el poeta a la muchacha con calcetines blancos
y pequeños ojos de colibrí.
El viejo pastor comensal del otoño,
el poeta ruido de las semillas, carpintero del Arca de los animales.
El delirante bajo el filamento de las bombillas
para el que aún tiene sentido seguir dándole vueltas.
El que vive en la patria de una mujer desnuda,
el hijo de la locura que llora médula de caballos
sumergido en el humo de su choza de adobe.

El que vino a barnizar con leche la jaula de los cantos,
aquel cuya cabeza ha rodado como una peonza
por la tarima de los burdeles
y ha recorrido todos los templos
pidiéndole favores al crucificado.
El consentido por el vínculo de las zurcidoras,
el que padece una enfermedad inmortal
y levita en los parques tumbado de espaldas.

El poeta que cruza en ambulancia los campos de girasoles,
el poeta ángel de los pesebres,
brizna de los acantilados.
El poeta reloj de lluvia de las epidemias,
vapor de los harapos hervidos contra la peste.
El que ha hipotecado la hacienda de varias generaciones
y ahora es el ánima de un bolchevique embriagado de vodka.

El patriarca que abrió una tienda de ultramarinos
y compra por cuatro centavos un ramito de sífilis,
el que conoce el comercio de especias y el tráfico de resinas,
el compadre de los anarquistas
con su escarabajo negro ante el eclipse de mar.
El que rodeado de profecías y pájaros
vive en las manos de una arpista,
el que tiene dedos de trébol y cerillas,
aquel cuyas cenizas alimentarán las carpas de los estanques.

Recorrimos los suburbios,
anduvimos juntos entre la maleza,
dormimos en los cobertizos.

Lo que el poeta dice,
lo que dice el poeta a la adivina,
al bisabuelo judío que dormía en la comuna
y aún vaga con su barba blanca por ahí
proclamando su consigna a las abejas:
Las estrellas para quien las trabaja.

***



LA LIBELULA

Yo tenía una libélula en el corazón como otros tienen una patria
a la que adulan con la semilla de los ojos. Verdaderamente
las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
extraños seres petrificados en la ternura como benignos nódulos
en la perfección de los huesos. En aquel tiempo
yo tenía el sueño de una libélula entre los juncos del corazón.
Cansadas como paraguas cerrados recogía las maderas auditivas
de un mar inexistente y con ellas construía algo parecido a una casa.
En aquellos días algo parecido a una casa eran las conversaciones,
palabras relacionadas con la pestaña premonitoria, gatos en los cerezos.
Yo desconocía los vínculos y toda oscuridad era para mí un obsequio,
un rumor de la eternidad que se prestaba como cuerpo desnudo a mi mano.
No era la boca del amor la que respiraba ese óxido, sino la imaginación
del amor como un sastre con pantalones verdes el día de la felicidad.
Verdaderamente las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
la ilusión del hombre es una luz que llega desde lo desconocido
mas no es él el dueño de esa invención sino el ruido de un rumor prestado,
la cámara del que guarda su placer en ella.
Yo tenía la costura de una libélula en el corazón
pero las hojas cerebrales hacían crecer mis manos hacia dentro
en busca de una palanca con la que desalojar la piedra del miedo.
Sin esfuerzo comencé a llorar al revés, a confundir los sentidos
que guían la gota gramática hacia una lengua extranjera.
Antes que me tomaran por un extraño ya que yo no era el dueño de esa invención
me alejé del optimismo de ser entendido por más de dos
y comencé a oír mis propias palabras como martillazos retumbando en un espacio vacío.
Era como si el tiempo hubiera dejado de durar,
era como si todas las obras imaginadas por un ciego se derritiesen al tacto,
como si la langosta hubiera descendido sobre los campos del espíritu.
Yo solo tenía una libélula en el corazón como otros son hermanos del vértigo
y llevan la aorta de las constelaciones acogida en sus sienes.
Está bien, las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
es probable que la invisibilidad y estos hechos
solo guarden relación con una libélula.

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miércoles, 18 de febrero de 2009

DEL DESIERTO AL LIBRO

Volaba yo por ninguna parte, cuando le vi a través de la ventana, solo su pelo negro, sentado a una mesa en la que había un blog , un bolígrafo y el brillo de una lámpara flexo. Parecía una estatua. Me llamó la atención verle tanto tiempo estático y me acerqué un poco mas.

Si me hubiera llamado por mi nombre, gustosa yo hubiera tocado la lira. Pero no. Una lucha glacial se adivinaba detrás de aquel rostro oscuro y hermético, una profunda insatisfacción consigo mismo, una batalla de dualidades que arañaba las paredes de la noche intentando llegar a la escritura. ¿Cuánto tiempo llevaría en el "quiero y no puedo"?. Deduje que posiblemente: Años. Y entonces aumento mi curiosidad sobre todos aquellos edificios, montañas, valles que habrían crecido dentro de el, en el intento de alcanzarse a si mismo. Se negaba a declararse impotente frente al mundo, no podía descorrer una simple cortina que al fin y al cabo era lo único que le apartaba de los poemas de su cuerpo.

Nunca debí intentar conocer el corazón humano, lo peor que se puede saber de un hombre son sus miserias interiores, ver esos detalles inexorables ajenos al lugar geométrico donde se ubican. El hombre frente a sus decepciones, buscando un espejo donde escapar de si mismo.

Entonces me sorprendió su gesto, de tomar la pluma con ambas manos y dirigir su punta directamente al pecho. Apenas toco la piel una oquedad enorme comenzó a abrirse, dentro se veían brillaR interminables arenas de desierto, el acto dolorosísimo de tocarse a si mismo en algún punto o el provocar un buceo hacia la luz.
Estaba en ante su propia puerta.Tenía su secreto en la mano y aun no lo había descubierto, aun no había aprendido a viajar del libro al desierto y del desierto al libro.

miércoles, 11 de febrero de 2009

AMAR, AMANDO.




Entre un hombre y una mujer cuando se encuentran se abre un espacio nuevo, único, deseando ser llenado con la voz profética de dos. Puede aparecer entonces el principio de un mundo, un mar en el que uno desea conocer desde las profundidades hasta los encrestados filos de las olas, o puede convertirse la luz en el borde de una ciénaga y siempre será cuestión de andar; desandar, sólo es método de dioses, puede ser.

Puede ser solo un encuentro de saludos y cortesías que por su superficialidad perdure en el tiempo, la comodidad es un árbol que te da sombra solo cuando la necesitas, puede ser .

Un rincón de confianzas, vereda y fuente, cuanto calma el hermoso canto de una voz amiga. O pueden también verse el fuego frente a fuego, el amor estará en otro sitio, donde le dejen, nadie sabe de qué depende ni porque se abre la puerta del jardín y el verano se instala sobre el tiempo de dos.


Pero imaginemos que no existe la distancia entre dos puntos del universo y pudiéramos acercar las formas como saben acercarse las palabras. Y como uno es diferente en cada momento de su vida, dependiendo de la circunstancia así pudiera adoptar nombre, forma, país, lengua diferente, dividirse hasta el punto de desencontrarse siempre o de, en cada división, hallar una de esas vidas imaginadas que cualquier ley física nos niega a adoptar. Así y con todo, a un hombre o a una mujer le es dado un momento de brillantez donde señalar un comienzo; como cualquier a estrella errante, nuestro destino depende de la mano que escribe y dice el aquí y ahora.

Si fuera...
cada vez que te encuentro acercaría mi infinito a tu infinito, cada vez que encuentro esa partícula tuya de humanidad que me enamora, plegaria las alas para siempre. Me conformaría con estar en tu vaso de agua y tu pan. Querría ser del silencio de tu cuarto o de la esencia de tus sueños, la vela de ese barco donde cruje la madera que me captura la mirada. Y sea donde sea, desde el profundo invierno, recorrería los ríos de tu sangre, para agotarme donde tu te agotas, donde todos los nombres fingidos hacen un presente.

martes, 10 de febrero de 2009





Te has sentado en el borde del aire, siempre a un paso menos del tiempo, tienes el pelo lleno de infinitos que jamás nos pertenece, los ojos anegados de estrellas y en las manos, enganchadas como titanes, como leyendas, todos los días que no terminan por desprenderse.

Ahora puedes ver, como se duermen los bosques al pie de los destinos, como se levantan las olas sobre la oscuridad de la noche que llega hasta tu cuarto transformada en esa ausencia de sonidos, posándose sobre tu almohada como un sábado de insomnios.
Ahora puedes ver esos pájaros que prefieren morir volando sobre el mar. O esos fuegos que crepitan lejanos a todo en el limite impreciso de la mente. O seguir el rumbo de los ríos mas allá de los brazos de cualquier muchacha que espera cazar un sueño sentada en su ventana.

El crepúsculo te entra por la frente, la transparencia de la luz que habita en cada siembra, esa cortina de lluvias delante de tu iris, es lo que te impide salir volando; dicen, que alguien amarro tu corazón a un deseo y algunas veces, en forma de cometa, lo veo señalar el tejado de mi casa